Rosario en 4 días: la cuna de la Bandera, el río Paraná, el fútbol y el mejor asado

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Rosario

Por qué ir a Rosario. Rosario es la ciudad más grande de la provincia de Santa Fe y una de las más importantes de Argentina, y se extiende sobre la orilla del río Paraná. Es conocida como la Cuna de la Bandera, porque aquí Manuel Belgrano izó por primera vez la bandera argentina en 1812. También es tierra de grandes nombres: aquí nacieron Ernesto Che Guevara, Lionel Messi, el dibujante Roberto Fontanarrosa y el músico Fito Páez. Es una ciudad con mucha vida cultural, una costanera larguísima frente al río, parques, museos y una pasión por el fútbol difícil de igualar. No es tan turística como Buenos Aires, y eso la hace más auténtica y más relajada. Esta guía recoge lo que vimos en cuatro días, explicando cada lugar.
Cómo organizar los cuatro días. Una propuesta: el primer día, el centro y el Monumento a la Bandera; el segundo, la costanera y los parques frente al río, con una comida de asado; el tercero, los museos, el Boulevard Oroño y Parque Independencia; y el cuarto, un partido de fútbol o una excursión en barco por las islas del Paraná. Rosario está a unas cuatro horas de Buenos Aires en autobús y tiene aeropuerto propio. Dentro de la ciudad se circula bien a pie por el centro y en autobús urbano para los barrios más alejados.
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La costanera y las letras de Rosario. Los grandes carteles con el nombre de la ciudad, en la zona del Parque a la Bandera, se han convertido en una de las fotos obligadas. Detrás se ve el río Paraná, de color marrón por los sedimentos que arrastra, y un conjunto de silos pintados con un enorme mural. La costanera es uno de los grandes orgullos de la ciudad: un paseo de varios kilómetros con parques, bicisendas, bares, esculturas y vistas al río. Es el lugar donde los rosarinos salen a caminar, a tomar mate y a hacer deporte, sobre todo al atardecer. En verano, desde allí también se puede cruzar en barca a las islas, con playas de arena y restaurantes.
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El Monumento Nacional a la Bandera. Es el gran símbolo de Rosario y se levanta frente al río, en el lugar donde Belgrano creó la bandera. Se inauguró en 1957 y es obra de los arquitectos Ángel Guido y Alejandro Bustillo y del escultor José Fioravanti. Consta de una torre de unos 70 metros de altura, una nave con forma de proa y un gran patio cívico. En la torre se ve el Sol de Mayo y en la cima una estrella; de noche se ilumina con los colores celeste y blanco de la bandera, como en la foto. Dentro, en una cripta, descansan los restos de Belgrano. Hay un ascensor que lleva a un mirador desde el que se ve toda la ciudad y el río. La visita se completa con el Patio Cívico y la Escalinata.
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La Catedral y el mural de Belgrano. Desde las terrazas del monumento se ve, por la noche, la cúpula iluminada de la Catedral Metropolitana, construida entre finales del siglo XIX y mediados del XX, y un gigantesco mural con el retrato de Manuel Belgrano en la fachada de un edificio. Rosario tiene una gran tradición de arte urbano, con murales por toda la ciudad. La Catedral está en la Plaza 25 de Mayo, la plaza más antigua de la ciudad, donde se encuentran también el Palacio Municipal y el Museo de Arte Decorativo. Una buena idea es recorrer a pie el centro, que reúne edificios históricos, cafés y comercios, y la peatonal Córdoba, la calle comercial por excelencia.
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Un partido en el Coloso del Parque. Si hay un partido, hay que ir. Rosario vive el fútbol de manera muy especial, con dos clubes eternamente enfrentados: Newell’s Old Boys (rojinegro) y Rosario Central (canalla), y su duelo es uno de los clásicos más intensos de Argentina. En la foto se ve el estadio Marcelo Bielsa, de Newell’s, en pleno Parque Independencia, con su hinchada, las banderas y los fuegos artificiales de la salida de los equipos. Un consejo importante: las entradas suelen requerir ser socio o comprarse con antelación, y en muchos casos solo se venden con el nombre del titular, así que hay que informarse bien. También se puede ir a visitar el museo del club. Messi, por cierto, empezó en las inferiores de Newell’s.
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Asado argentino, la gran experiencia. Argentina es sinónimo de parrilla, y en Rosario se come muy bien. En la foto se ve una parrillada sobre las brasas: la tira de asado (costillas), el vacío (el corte grande y plano), un chorizo y pan. Se cocina lentamente, a fuego bajo y con leña o carbón, y se sirve con ensalada, papas, chimichurri y vino tinto. El choripán es la versión de calle. También se come mucho pescado de río, como el surubí o el pacú, que llegan del Paraná. Otros imprescindibles: las empanadas, las milanesas, los alfajores y el mate, que se toma a todas horas. Y para el postre, helado artesanal.
Otros lugares que no hay que perderse. El Boulevard Oroño, una avenida arbolada con casonas señoriales; el Parque Independencia, con lago, jardín japonés y estadio; el Museo de Arte Contemporáneo (MACRO), en un antiguo silo reconvertido junto al río; el Museo Histórico Provincial; y la casa natal del Che Guevara. En el Paseo de la Costa se organizan ferias de artesanías los fines de semana. Rosario también tiene mucha vida nocturna, con bares, teatros y música en vivo, especialmente en la zona del Pichincha y en la calle Oroño. Y si queda tiempo, vale la pena una excursión en barco a las islas del Paraná.
Consejos prácticos. (1) La mejor época es primavera (septiembre a noviembre) y otoño (marzo a mayo); el verano es caluroso y húmedo. (2) La moneda es el peso argentino; conviene consultar antes de viajar cómo cambiar dinero y qué medios de pago se aceptan. (3) En autobús urbano se paga con una tarjeta recargable. (4) Argentina cena tarde: los restaurantes llenan a partir de las 21:00 o 22:00. (5) Cuidado con los objetos de valor en lugares concurridos, como cualquier gran ciudad. (6) Para el fútbol, conviene reservar con tiempo y llevar el documento. (7) Un paseo por el río al atardecer, con un mate, es la mejor forma de despedirse.
Conclusión. Rosario combina historia, río, cultura y fútbol con una gastronomía de primer nivel y mucha calidez de sus habitantes. No es una ciudad de postal, pero sí una de las que más se disfrutan al recorrerla sin prisa. Cuatro días permiten ver lo esencial y probar su asado, y siempre queda un buen motivo para volver.
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