Florencia en 3 días: guía del Renacimiento, del Ponte Vecchio al Duomo
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ES
Florencia
Por qué ir a Florencia. Florencia es la capital de la Toscana y la cuna del Renacimiento. Entre los siglos XIV y XVI, bajo el mecenazgo de la familia Medici, trabajaron aquí artistas y arquitectos como Brunelleschi, Donatello, Leonardo, Miguel Ángel o Botticelli. Su centro histórico, declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, es pequeño y compacto: casi todo se recorre a pie y en pocos minutos se pasa de un puente medieval a una catedral, de un palacio a un mercado. Esta guía recoge lo que vimos en tres días y explica el porqué de cada sitio, para que se entienda lo que se está mirando.
Cómo organizar los tres días. Una división sencilla: el primer día, el centro monumental (Duomo, Baptisterio, campanile, Piazza della Signoria y Ponte Vecchio); el segundo, los grandes museos (la Galería Uffizi y la Galería de la Academia, donde está el David original) y las zonas de compras y mercados; el tercero, la orilla sur del Arno (Oltrarno) con el mirador de la Piazzale Michelangelo y, si queda tiempo, una excursión a Siena, Pisa o Fiesole. Conviene reservar con antelación las entradas de los museos y la subida a la cúpula, porque en temporada alta las colas sin reserva pueden ser largas.
El Ponte Vecchio. Es el puente más antiguo de Florencia y el más famoso. El actual se reconstruyó en 1345 después de que una crecida del Arno destruyera el anterior. Durante siglos tuvo carnicerías, y en 1593 el gran duque Fernando I de Medici las sustituyó por orfebres y joyeros para eliminar el mal olor; todavía hoy las tiendas del puente son joyerías. Sobre las tiendas corre el Corredor Vasariano, un pasillo elevado construido en 1565 para que los Medici pudieran ir del Palazzo Vecchio al Palazzo Pitti sin pisar la calle. Según se cuenta, fue el único puente de la ciudad que se salvó de las destrucciones de la Segunda Guerra Mundial. El mejor momento para fotografiarlo es desde las orillas del río, al atardecer o con las nubes bajas.
Artesanía de plata y esmalte. Florencia tiene una larga tradición de orfebrería y artesanía. En los escaparates del centro se pueden ver desde grandes piezas de plata (como los samovares, jarrones y candelabros) hasta animales en miniatura esmaltados a mano, como jirafas, elefantes y cebras. Son objetos de taller, hechos con mucha paciencia, y un buen recuerdo si se busca algo distinto a lo típico. Conviene preguntar siempre por el material y comparar precios entre tiendas.
Fuentes y rincones del casco antiguo. Caminar por las calles que rodean el centro es parte del plan. En muchas esquinas hay fuentes de mármol con mascarones y volutas barrocas, tabernáculos religiosos, palacios de piedra y puestos de fruta y verdura. Es una Florencia más cotidiana, con bicicletas y scooters aparcados, comercios pequeños y vecinos haciendo sus compras. Vale la pena salirse de las calles principales para descubrirla.
El David en la Piazza della Signoria. Delante del Palazzo Vecchio, sede del ayuntamiento y hoy también museo, se levanta una réplica del David de Miguel Ángel. Miguel Ángel lo esculpió entre 1501 y 1504, con apenas 26 años, a partir de un bloque de mármol que otros escultores habían abandonado. Representa a David antes de enfrentarse a Goliat, con la mirada concentrada y la tensión en el cuerpo, y se convirtió en símbolo de la República florentina. La obra original se trasladó en 1873 a la Galería de la Academia para protegerla de la intemperie; la copia de la plaza permite ver la escultura gratis y en su contexto original. La Piazza della Signoria es además un museo al aire libre, con la Fuente de Neptuno y la Logia dei Lanzi.
El Campanile de Giotto. Junto a la catedral se alza esta torre exenta de mármol blanco, verde y rosa, de unos 84 metros de altura. La empezó el pintor Giotto en 1334 y la terminaron sus sucesores. Sus paneles hexagonales y rombos en relieve representan las artes, los oficios y los planetas. Subiendo los cerca de 414 escalones se llega a una terraza con vistas de la cúpula de Brunelleschi desde muy cerca, que es la gran ventaja frente a subir a la cúpula misma: desde el campanile se ve la cúpula.
La catedral de Santa Maria del Fiore (el Duomo). La fachada neogótica que se ve hoy, a base de mármoles de Carrara (blanco), Prato (verde) y Siena (rosa), es del siglo XIX, aunque la catedral se empezó en 1296 con Arnolfo di Cambio. El interior es más sobrio que el exterior; el verdadero protagonista es la cúpula de Brunelleschi, terminada en 1436, que sigue siendo la mayor cúpula de mampostería del mundo y se construyó sin andamios de madera completos, con una doble cáscara y un diseño de ladrillos en espina de pez. La visita completa incluye la catedral, el Baptisterio de San Juan (con las Puertas del Paraíso de Ghiberti), el campanile, la cripta y el museo. Es el lugar más concurrido de la ciudad, así que mejor ir temprano o con entrada con horario.
El Porcellino, el jabalí de la suerte. En la Loggia del Mercato Nuovo, rodeada de puestos de cuero, cinturones y bolsos, está la estatua de bronce de un jabalí conocida como el Porcellino. Es una copia del siglo XVII (obra de Pietro Tacca) de un original helenístico. La tradición dice que se debe acariciar el hocico, que de tanto frotarse brilla, y echar una moneda en su boca de modo que caiga en la rejilla de debajo: si cae bien, se vuelve a Florencia. Alrededor, el mercado de artículos de cuero es una buena parada para llevarse un recuerdo, siempre regateando con cortesía y revisando la calidad.
El mirador de la Piazzale Michelangelo. Al otro lado del río, en la colina de San Miniato, esta gran explanada ofrece la mejor panorámica de Florencia: la cúpula del Duomo y el campanile en el centro, la torre del Palazzo Vecchio a la izquierda y la basílica de Santa Croce a la derecha, con los tejados terracota y el Arno a los pies. Se llega a pie en unos 20 o 25 minutos desde el Ponte Vecchio, o en autobús. Incluso con cielos grises, como en esta foto, la vista es muy buena; con el sol del atardecer es espectacular. Un poco más arriba está la iglesia románica de San Miniato al Monte.
Qué comer. La cocina toscana es sencilla y de producto. Hay que probar la bistecca alla fiorentina (un gran chuletón a la parrilla, poco hecho), la ribollita (sopa espesa de verduras y pan), la pappa al pomodoro, la pasta con ragú de jabalí y el lampredotto, un bocadillo típico de callejero. Para picar, la schiacciata (focaccia toscana) y los embutidos y quesos toscanos. De postre, un helado artesanal. Para comer económico y variado, el Mercato Centrale, cerca de San Lorenzo, reúne puestos de comida y productos locales. Tomarse un café de pie en la barra es lo habitual y sale más barato que sentado.
Consejos prácticos. (1) Florencia se recorre a pie; el centro tiene una zona de tráfico limitado, así que no conviene ir en coche. (2) La estación de Santa Maria Novella está en el centro y conecta con trenes a Pisa, Siena, Roma y Bolonia. (3) Reserva con antelación la Galería Uffizi, la Academia y la cúpula del Duomo. (4) Lleva calzado cómodo: las calles son de adoquín y se camina mucho. (5) Cuidado con los carteristas en los sitios muy concurridos, como el Duomo, el Ponte Vecchio y los mercados. (6) Si llueve, como nos pasó a nosotros, los museos y las iglesias son un buen plan alternativo, y un paraguas plegable ocupa poco en la mochila. (7) El otoño y la primavera tienen un clima agradable y menos gente que el verano.
Conclusión. Florencia es una de esas ciudades en las que cada calle tiene una historia y en las que tres días se quedan cortos. Combina arte, arquitectura, buena mesa y paseos tranquilos junto al río. Con lluvia o con sol, merece la pena, y siempre da ganas de volver, tal y como manda la tradición del Porcellino.