Cuzco y Machu Picchu: la capital inca, el Valle Sagrado y la ciudadela perdida

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Cusco

Cuzco fue la capital del imperio inca y hoy es la puerta de entrada a Machu Picchu. Está a unos 3.400 metros de altura, así que conviene dedicar el primer día a aclimatarse, caminar despacio y tomar mate de coca. Desde la ciudad se puede explorar el casco histórico, las ruinas de los alrededores y el Valle Sagrado de los Incas. Con una semana se puede ver todo con calma.
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La Plaza de Armas es el corazón de Cuzco. Allí se levanta la iglesia de la Compañía de Jesús, de fachada barroca y dos torres, construida sobre un antiguo palacio inca. A su lado ondean la bandera de Perú y la multicolor de Cuzco.
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En el centro de la ciudad se erige la estatua de Pachacútec, el inca que convirtió Cuzco en la capital de un gran imperio. Se ve desde distintos puntos y es un buen punto de referencia para orientarse.
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Desde los miradores de la parte alta se ve toda la Plaza de Armas rodeada de tejados rojizos. Una buena idea es subir al atardecer, cuando la ciudad se ilumina y baja el calor del mediodía.
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Sacsayhuamán es una fortaleza inca a las afueras de la ciudad, famosa por sus enormes bloques de piedra encajados sin argamasa. Es difícil entender cómo se movieron semejantes piedras, y la entrada se puede combinar con otros sitios cercanos con el boleto turístico.
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Las terrazas circulares de Moray parecen un anfiteatro y se cree que los incas las usaron como laboratorio agrícola para probar cultivos a distintas alturas y temperaturas.
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Las salineras de Maras son miles de pozas de sal que se alimentan de un manantial salado de la montaña y se explotan desde la época inca. El contraste del blanco con la montaña roja es espectacular.
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Machu Picchu es el gran motivo del viaje. Con el Huayna Picchu al fondo, la ciudadela se recorre por terrazas, templos y casas de piedra. Conviene reservar la entrada con bastante antelación y llevar abrigo, porque el tiempo cambia rápido.
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La vista desde la montaña Huayna Picchu permite ver toda la ciudadela desde arriba, con sus terrazas agrícolas y la niebla subiendo desde el valle. La subida es empinada pero merece la pena.
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Las llamas pastan libremente entre las ruinas de Machu Picchu, indiferentes a los turistas. Se pueden fotografiar, pero hay que mantener la distancia.
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Si coincide con alguna fiesta o desfile, no hay que perdérselo: las calles de Cuzco se llenan de música, bandas y bailarinas con faldas de colores y sombreros. Es una forma preciosa de conocer la cultura viva de la región.
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